Comunicación, confianza y paciencia

Aún recuerdo mi primera reunión de padres como si fuera ayer. Nervios a flor de piel. Dicen que la primera impresión marca la diferencia. ¿Cómo poder demostrar, en treinta minutos, que sus hijos pasan a ser una prioridad en mi vida durante el tiempo que los tenga?, ¿cómo mostrarles la importancia que tiene para mí el acompañamiento en su educación?, ¿cómo hacerles ver que vamos a estar remando en la misma dirección? “Van a dejar en tus manos lo más valioso que tienen y debes transmitir que pueden estar tranquilos; no son unas manos cualquiera, sino unas especiales, tocadas con la excelsa vocación de la docencia”. Fueron los pensamientos que rondaban por mi cabeza ese día y una vez más ha vuelto a pasar.


Mes de septiembre. Nueva clase. Treinta familias. Reunión de padres. Primer contacto. ¿Qué les digo? Tres son las palabras que vienen automáticamente a mi cabeza:


comunicación, confianza y paciencia.


Dicen que la docencia está evocada a la extinción porque la información hoy en día está al alcance de todos. ¡Si todo nuestro trabajo fuera mera transmisión de conocimientos! Si estábamos en esa aula es porque algo nos unía; sus hijos, mis alumnos. Este es claramente nuestro nexo y de ahí tiene que salir todo lo demás.


Decido empezar la reunión con un texto de Carl Rogers, psicólogo humanista, que habla sobre el valor de la escucha. Me conmovió cuando lo escuché en una formación docente y deseo que pase lo mismo en mis oyentes.


Escuchar: prestar atención a lo que se oye. ¡Cuán grande es el valor de esta acción y qué poco se practica! Quiero ponerla de moda.


“Suceden muchas cosas cuando escucho realmente lo que una persona me dice, y los significados que en ese momento son importantes para él; oyendo no simplemente palabras sino a él mismo. Y cuando le hago saber que he escuchado sus significados personales más profundos, primeramente, me dirige una mirada agradecida. Se siente aliviado. Quiere contarme más acerca de su mundo. Siente una nueva sensación de libertad. (…) He llegado a pensar que es universal que cuando una persona se da cuenta de que ha sido escuchada, sus ojos se humedecen”, apunta Rogers.


Cuando he captado la atención de los asistentes, me centro en el nexo. ¿Qué queremos para ellos? Que, a lo largo de su vida, sean personas felices, sean personas auténticas. Los queremos con sus virtudes y pese a sus defectos. No buscamos copias, queremos personas únicas, valga la redundancia.


El 80% de las personas no sabe para qué se levanta cada mañana, tienen una vida automatizada. Hoy, querido lector, te invito a aspirar a ser del 20% restante. ¿Qué entender por felicidad? “La felicidad consiste en vivir instalado en el presente, habiendo superado las heridas del pasado y mirando con ilusión al futuro”.1


¿Cómo conseguir esto? Educando de forma integral, en libertad y desarrollando la capacidad crítica para que se sepa administrarla con responsabilidad. Parafraseando a Agustín de Hipona, quiero añadir que “la verdadera libertad no consiste en hacer lo que me da la gana, sino en hacer el bien porque me da la gana”. Una persona es plenamente libre cuando decide y esa decisión reafirma su dignificación.


Como se ha comentado en artículos anteriores, la persona está formada por cinco dimensiones -física, emocional, intelectual, social y espiritual-. Para conseguir la plena libertad, se necesita el desarrollo óptimo de las mismas. Es en este punto donde las tres palabras antes mencionadas juegan un papel fundamental.


-Te amo- le dijo el Principito.


-Yo también te quiero -respondió la rosa.


-Pero no es lo mismo -respondió él, y luego continuó- Querer es tomar posesión de algo, de alguien. Es buscar en los demás eso que llena las expectativas personales de afecto, de compañía. Querer es hacer nuestro lo que no nos pertenece, es adueñarnos o desear algo para completarnos, porque en algún punto nos reconocemos carentes.


Querer es esperar, es apegarse a las cosas y a las personas desde nuestras necesidades. Entonces, cuando no tenemos reciprocidad hay sufrimiento. Cuando el “bien” querido no nos corresponde, nos sentimos frustrados y decepcionados. (…)


Solo podemos amar lo que conocemos, porque amar implica tirarse al vacío, confiar la vida y el alma. Y el alma no se indemniza. Y conocerse es justamente saber de ti, de tus alegrías, de tu paz, pero también de tus enojos, de tus luchas, de tu error. Porque el amor trasciende el enojo, la lucha, el error y no es solo para momentos de alegría”.2


La comunicación en la familia debe ser positiva e inmediata. El diálogo es un elemento esencial en el amor, es por ello por lo que se debe cuidar de forma especial entre padres e hijos. Crear momentos en los que se pueda generar confianza (cenar en familia, dedicar tiempo juntos a alguna afición en común o hacer alguna tarea de la casa), fortalece una buena relación, ya que la confianza nunca se puede imponer ni exigir. Los hijos, al igual que los frutos de un árbol, necesitan de un ambiente de cariño y cuidado para que puedan darse los ritmos de maduración propios de la edad. Por tanto, todo este proceso de diálogo y confianza debe ir acompañado de la paciencia como actitud, puesto que los resultados no se van a ver en un momento, sino que serán fruto de un proceso.



María Sureda de Lucio
Profesora de Educación Primaria
Colegio Alborada

1Marian Rojas- Estapé (marzo, 2016) Ser feliz: cómo gestionar las emociones. Conferencia, Universidad Panamericana, México. Recuperado de vídeo
2De Saint-Exupery, A (1998). El principito. México: Editora Latinoamericana, S.A.

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