Creando conexiones: la inteligencia emocional

“Profesor: que te ilusione hacer comprender a los alumnos, en poco tiempo, lo que a ti te ha costado horas de estudio llegar a ver claro”.1

Siempre he tenido clara cuál es mi vocación profesional: la docencia. Nunca he titubeado sobre dicha misión. Si hay algo que me apasiona sobre mi trabajo, es la oportunidad que éste me da de que cada día sea único.

Algo que he observado durante los últimos años es que actualmente se tiende a apresurar la infancia. Se busca que los niños aprendan conceptos cuanto antes creyendo que esa es la herramienta principal para que el niño tenga asegurado un buen futuro y olvidándonos de que la persona es mucho más que inteligencia.

El desarrollo de la persona tiene que seguir el curso natural de la misma, respetando los ritmos y niveles de maduración.

¿Cuál es el fin último de la educación? La adquisición de la libertad. Sólo cuando la persona, dentro de las posibilidades objetivas de cada uno, se ha desarrollado física, emocional, social e intelectualmente de modo óptimo (permíteme que añada también la dimensión espiritual), será más libre.

Un buen centro educativo y un buen docente es aquel que vela porque su alumnado desarrolle las cinco dimensiones. ¿De qué sirve una mesa con una pata más larga que las otras tres? Su funcionalidad se desvirtúa.

Por eso hoy quiero detenerme a hablar de la inteligencia emocional.

La inteligencia emocional puede dividirse en cuatro dimensiones: la autoconciencia, la autorregulación, la empatía y la capacidad social.

En primer lugar, la autoconciencia consiste en conocerse a uno mismo. En palabras de Goleman2, “implica comprender en profundidad las emociones, los puntos fuertes, las debilidades, las necesidades y los impulsos de uno mismo”.

Por su parte, la autogestión se refiere a la capacidad del ser humano de adaptarse a la situación presente y hacer un uso racional de las emociones. Ésta nos libera de la prisión en la que pueden encerrarnos nuestros propios sentimientos gracias a saber manejarlos. Por ello, la persona que domina sus emociones será capaz de avanzar con los cambios que se le presentan a lo largo de la vida sin quedarse bloqueada.

En cuanto a la empatía, tradicionalmente conocida como “capacidad de ponerse en el lugar del otro”, consiste en tener en cuenta los sentimientos de los demás, algo imprescindible para la globalización presente en el mundo actual y el trabajo cooperativo.

Finalmente, la capacidad social, siendo la culminación de las dimensiones de la inteligencia emocional, permite a la persona encontrar puntos en común con gente de todo tipo.

Pero, ¿cómo se adquiere la inteligencia emocional? Con la práctica. Los padres deben trabajar con sus hijos en casa y en los centros escolares se debe tener en cuenta la educación emocional como una parte más de la educación.

Desde el año pasado, en mi curso, los miércoles en el aula se imparte una “asignatura” más, la llamamos “el círculo”. No es una asignatura cualquiera; de hecho, a las 12:15 y casi sin haber cruzado la puerta, las alumnas ya me lo están recordando.

En un segundo, movemos las mesas y nos sentamos en el suelo formando un gran círculo para que podamos vernos todas bien. Juntas, hemos establecido normas para esta “asignatura”. Respetamos el silencio, el turno de palabra y lo que expresa y siente cada una de nuestras compañeras.

Cada día hacemos una dinámica, suelen ser preguntas que nos llevan a la reflexión y que tras unos minutos pensando en silencio, luego compartimos con el resto. Con trabajo, se ha creado tal clima de confianza que hasta la niña más tímida, se anima a compartir.

La neuroplasticidad es “el proceso mediante el cual las neuronas a través de estimulaciones externas consiguen aumentar sus conexiones y éstas hacerlas estables como consecuencia de la experiencia, el aprendizaje y la estimulación cognitiva” (Ortiz, 2014)3.

Esto significa que el ser humano siempre está a tiempo de aprender y re-aprender. ¿Cómo se consigue? Reorganizando y fortaleciendo las sinapsis cerebrales.

Si no fuera por la plasticidad cerebral, las personas tendríamos que conformarnos y asumir que los problemas que tenemos a la hora de aprender, que producidos por distintos factores, no tendrían solución.

Así como el desarrollo físico puede mejorarse a lo largo de la vida gracias a la plasticidad del cerebro, también se puede aprender y mejorar sobre las habilidades emocionales.

En el ámbito educativo es importante que el profesor siga un sistema regular con el fin de establecer relaciones neuronales estables. De ahí la importancia de que el niño practique una actividad regular y sistemática, que le ayudará a aumentar el número de conexiones sinápticas entre las ya existentes, haciéndolas estables a lo largo del tiempo.

“La gente olvidará lo que le dijiste, la gente olvidará lo que le hiciste, pero la gente nunca olvidará lo que les hiciste sentir”4.

María Sureda
Profesora Primaria
Colegio Alborada

1 Escrivá, San Jm (1986), Surco. Madrid: Rialp.
2 Goleman, D. (2011) Leadership: The power of Emotional Inteligence. USA: More tan sound LLC.
3 Ortiz, T (octubre, 2014) Neurociencia y educación para la primera infancia. ¿Qué aporta la neurociencia a la educación? Conferencia, invitado por la Fundacion Curiosity. Colombia. Recuperado de www.youtube.com%2Fwatch%3Fv%3DVP-V486TZZ8&usg=AOvVaw3I-pVC_df6zVU_yITNpHlp
4 Maya Angelou.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *