El poder transformador del lenguaje positivo

Nuestra sociedad se ha caracterizado por destacar el aspecto negativo de las cosas. Inconscientemente solemos indicar o decir todo aquello que hacemos mal, lo que está prohibido, o lo que no debemos hacer.

Es muy común escuchar frases tales como: “no se pega”, “no tires la comida”, “no rompas los juguetes” ¿cuántas veces al día decimos la palabra “no”? Si nos paramos un momento a pensarlo, observaremos cómo las decimos demasiadas veces.

Esta forma de pensar ha influido en cómo educamos a nuestros hijos, sin darnos cuenta de que la forma de dirigirnos a ellos influye en su manera de ser, en su comportamiento y conducta, en su autoestima, esfuerzo y en sus relaciones con los demás.

Nosotros, como padres y profesores, debemos ser conscientes de que somos sus espejos, en los cuales, nuestros hijos y alumnos se ven reflejados. Esto hace que también nosotros debemos cambiar, no solo en nuestra forma de dirigirnos a ellos, si no también, en la forma en la que nos desenvolvemos en nuestro día a día.

Numerosos estudios han demostrado que nuestras palabras influyen directamente en nuestro pensamiento y nuestra forma de ser, y por tanto, en cómo nos comportamos con los demás. Por este hecho, es importante cambiar nuestro lenguaje negativo para convertirlo en un lenguaje positivo, y así, entre todos construir un entorno más positivo.

Esto es un gran reto, y para conseguirlo, disponemos de algunas herramientas que nos pueden servir de ayuda:

  • Intentar dar órdenes en positivo: en vez de “no tires arena” o “no corras”,  di “la arena debe estar en el suelo” o “es mejor caminar”, es decir, transmitir a los niños lo que queremos que hagan, en lugar de transmitir lo que no queremos que hagan.
  • Juzgar la acción y no la persona: elimina “eres un desordenado” o “qué despistado eres”. Frases de este tipo las utilizamos a diario. Debemos reconducir estas frases para fijarnos sólo en los actos y no en a la persona, ya que de este modo, conseguiremos que los niños no se etiqueten y realmente crean que son así. Para ello podemos decir: “esto está desordenado, con lo ordenado que tú eres, ¿por qué no lo recogemos juntos?” De este modo no acusamos a la persona de ser desordenado, si no que en un momento puntual su habitación estaba desordenada.
  • Decir todos los días acciones buenas que hayan realizado: muchas veces se nos olvida alabar las cosas positivas que han hecho porque consideramos que es lo que tienen que hacer. Por eso debemos usar frases como “qué bien lo has hecho”, “enhorabuena”. Así aumentaremos su autoestima y la seguridad en ellos mismos.
  • Dar importancia al esfuerzo y no tanto al resultado: “te has esforzado” o “lo estás intentando” son frases de vital importancia para transmitir a los niños que valoramos su esfuerzo e interés por hacer las cosas.
  • Evitar los castigos: los castigos no son tan buenos aliados como pensamos. Los castigos no suelen reconducir un mal comportamiento a la larga, y además, suelen generar sentimientos de frustración en los niños. Para ello, es mejor hablar de consecuencias que ocurrirán por no cumplir una orden o acción. No es lo mismo hablar de asumir un castigo que una consecuencia.
  • De todo se aprende: hay que hacer ver a los niños que de los errores se aprende y que cada error hay que enfocarlo como una oportunidad para llegar al acierto.
  • Diálogo: debemos dar oportunidades para que los niños nos expliquen qué es lo que ha pasado y el motivo que les ha llevado a esa situación.                                                                                                                                                                        

No hay que entender el lenguaje positivo, y en su caso la disciplina positiva, como descontrol o falta de normas. Esta forma de dirigirnos a los niños nos muestra el porqué de determinados comportamientos a la vez que facilitamos vías más correctas de reaccionar o de actuar.

Educar con un lenguaje positivo nos ofrece la posibilidad de crear un clima de confianza, creando futuros adultos responsables, felices, seguros de sí mismos, sin miedo a cometer errores y con la total certeza de que pase lo pase, sus padres los querrán incondicionalmente.

 

Irene Gascón Iruretagoyena

Profesora de Educación Infantil

Colegio Alborada    

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